Sin la comunidad suní, no puede haber paz en Irak

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Cuando el Estado Islámico inició su expansión por las provincias suníes del oeste de Irak, numerosos iraquíes aclamaron a los yihadistas como sus liberadores. Hartos de un gobierno chií que había constantemente ignorado y reprimido a los suníes, cualquier alternativa era mejor que la ocupación a la que les había sometido Bagdad.

Después del 2003, tanto chiíes como kurdos supieron aprovecharse del vacío de poder para crear opciones políticas que representaran a ambas comunidades en el gobierno de Bagdad. Sin embargo, los suníes estaban representados dentro del partido Baath liderado por Saddam Hussein y disuelto tras la invasión de Irak en 2003. Con la caída del régimen, los suníes se vieron despojados de un poder que ignoraban detentar, e ignorados por las políticas sectarias de un gobierno dirigido por los chiíes.

La llegada del Estado Islámico no sólo proporcionaba a los suníes la ilusión de ser dueños de su propio destino, sino que también ocupaba el vacío de poder dentro de la comunidad suní tras la caída del régimen de Saddam Hussein. Los suníes iraquíes que tan alegremente celebraron la llegada del Estado Islámico no necesariamente comparten una visión religiosa o política con los yihadistas, pero están de acuerdo en la necesidad de luchar contra el gobierno de Bagdad, al que consideran su mayor enemigo.

El haber marginalizado y criminalizado sistemáticamente a la comunidad suní es una de las principales causas que explican la emergencia y la expansión del Estado Islámico en Irak y en Siria. Por ello, la mejor estrategia para derrotar a los yihadistas es volver a integrar a los suníes dentro de Irak.

Y sin embargo, la respuesta occidental a la crisis en Irak se ha resumido a bombardeos diarios contra objetivos del Estado Islámico y a contemplar la posibilidad de enviar ‘botas sobre el terreno’ para acabar con la amenaza yihadista. Ambas, opciones militares que atacan los síntomas pero ignoran las raíces del problema: el Estado Islámico, igual que al-Qaeda en Irak, es una reacción suní frente a un gobierno chií que ha llevado a cabo políticas sectarias. Una reacción suní consecuencia de una intervención militar en Irak.

Cuando hablamos de ‘botas sobre el terreno’, ¿no estaremos intentando apagar un fuego con gasolina?

De hecho, ya hay botas sobre el terreno, y contribuyen a avivar la violencia.

La estrategia del Estado Islámico para atraer a seguidores suníes se basa en dos argumentos principales: por una parte, el mundo occidental está en guerra con el Islam y por la otra, los suníes son víctimas de la agresión chií.

En Irak, ya hay un ejército extranjero que ha enviado soldados sobre el terreno y que, de paso, ha contribuido a reforzar la estrategia de manipulación del Estado Islámico sobre los suníes. Irán.

Y es que las unidades de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica no sólo protegen las ciudades chiíes de Kerbala y Najaf, también han asistido militarmente a los kurdos en el norte del país y han llevado a cabo los primeros bombardeos estratégicos contra posiciones del califato, mucho antes de que los drones norteamericanos entraran en escena.

La presencia de las unidades iraníes también ha permitido adiestrar y armar a numerosas milicias chiíes que combaten junto a los soldados iraquíes contra el Estado Islámico. Y de la misma manera que el califato ha secuestrado y asesinado a civiles chiíes como represalia contra los ataques de las fuerzas de seguridad, las milicias chiíes están empleando tácticas brutales contra civiles suníes. Actos salvajes que cuentan con el apoyo de Irán y del gobierno iraquí, ambos chiíes.

Estados Unidos tampoco está ayudando a reducir la violencia sectaria.

En Siria, la política norteamericana parece estar contribuyendo también a la teoría de la conspiración. Hace apenas un año y medio, un enérgico Obama acusó a Bashar al-Assad de haber cruzado ‘la línea roja’ al utilizar armas químicas contra su propia población y movilizaba a la marina y la aviación, preparando bombardeos estratégicos contra el régimen sirio.

Y los mismos sirios que hace un año y medio esperaban la caída del régimen, hoy se encuentran en territorio controlado por el Estado Islámico y bajo las bombas de la aviación norteamericana. Y más preocupante aún, durante los últimos días, las fuerzas aéreas sirias y de EEUU se han turnado, poco importa si voluntaria o involuntariamente, para bombardear Raqqa, la capital del autodenominado califato islámico.

Los bombardeos han permitido, muy localmente, ciertas victorias contra el Estado Islámico. En Mosul, los Peshmerga recuperaron la estratégica presa que controla el caudal del agua del río Tigris, mientras que en Kobane, es posible afirmar que la ciudad ya habría caído en manos del califato si no fuera por la aviación de la coalición.

Sin embargo, los bombardeos estratégicos presentan tres grandes cuestiones. En primer lugar, sólo son efectivos contra grandes concentraciones de tropas del califato o contra posiciones establecidas en el frente de batalla, ya que Estados Unidos no posee inteligencia dentro del territorio controlado por el Estado Islámico. En segundo lugar, fomentan la creencia de que Occidente (y Estados Unidos a la cabeza), únicamente atacan territorios controlados por suníes, con el apoyo de los chiíes. Por último, son válidos únicamente a corto plazo, ya que permiten frenar el avance de los yihadistas. A medio y a largo plazo, está empujando a suníes civiles y a islamistas moderados a unirse a las filas del califato, una realidad que ya estamos comprobando.

La única estrategia a medio y largo plazo consiste en utilizar a los suníes como peones contra el Estado Islámico.

Sin embargo, esta estrategia se basa en la errónea presunción de que los suníes colaborarán en la lucha contra el Estado Islámico, sin importar quién gobierne en Bagdad.

Estados Unidos ya intentó una política de acercamiento a las tribus suníes en 2007, con el fin de conseguir aliados en la lucha contra al-Qaeda. A cambio de armas y dinero, los líderes tribales se comprometían a luchar contra la insurgencia, también suní. En 2011, cuando las tropas norteamericanas abandonaron Irak, cedieron el mando de la iniciativa al gobierno de Bagdad, que rápidamente prosiguió a consolidar el poder en torno a los políticos chiíes.

Aquellos líderes que participaron en el programa contra la insurgencia fueron encarcelados por el gobierno de Bagdad o asesinados por al-Qaeda. Las promesas de integrar a las fuerzas tribales suníes en el ejército iraquí se convirtieron en papel mojado.

Peor aún, Estados Unidos parece decidido a recuperar la iniciativa con la intención de utilizar a las tribus suníes contra el califato islámico. La idea consiste en proporcionar armamento a unos grupos suníes moderados que estarían dirigidos por líderes suníes y que actuarían únicamente en territorio suní, por supuesto sin ninguna vinculación con el Estado iraquí o sus fuerzas de seguridad.

Suponiendo que los suníes moderados aceptaran un pacto que ya fue terrible en el pasado, olvidaran que el Estado iraquí está controlado por chiíes y el riesgo que corren al enfrentarse al Estado Islámico, ¿cómo es esta iniciativa una buena idea? ¿Proporcionar más armas a milicias sectarias ayuda a rehacer un maltrecho Estado iraquí?

Pero no todo es negativo. La estrategia de Estados Unidos ya ha comenzado a dar sus frutos, para el Estado Islámico.

El 28 de noviembre, The Guardian publicaba un interesante estudio sobre las opiniones en lengua árabe expresadas en periódicos y redes sociales en relación con el Estado Islámico. Ciertos datos revelan el impacto que la política de bombardeos está teniendo en internet. Por ejemplo, el 28 de agosto, tras el inicio de los ataques aéreos en Irak, hasta el 28% de los mensajes en redes sociales eran favorables al Estado Islámico, más del doble que los días anteriores. La misma tendencia se puede apreciar el 23 de septiembre, con el apoyo de algunos países árabes a la coalición internacional anti-ISIS. Ese día, el 11% de los artículos de prensa en árabe eran favorables al califato.

Prensa arabe ISIS
Fuente: The Guardian

Pero lo que más nos debería sorprender es que los picos de apoyo al Estado Islámico en las redes sociales y en los periódicos se originaban, principalmente, en países occidentales y no en Siria o Irak. De hecho, Bélgica, Reino Unido y Estados Unidos son tres de los cuatro países con más comentarios favorables hacia el califato y los que más se han visto influidos por la campaña de bombardeos estratégicos.

La acción militar no sólo no ha frenado el avance del Estado Islámico, sino que ha fomentado que cientos de jóvenes occidentales se alisten en las filas del califato.

La acción militar no acabará con el Estado Islámico, ni con las masacres que se cometen cada día en Irak y en Siria. La única solución para poner fin al conflicto es lograr que los suníes iraquíes participen activamente en la guerra contra el califato. Es necesario volver a integrar a la comunidad suní dentro del Estado iraquí y de sus instituciones de gobierno. Y sólo así es posible que, en el futuro, se alcance el fin del conflicto sectario.

Análisis sobre los conflictos, la actualidad y el futuro de Oriente Medio. De Egipto a Turquía y de la política en Líbano a la guerra civil siria.

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