La gran partida de ajedrez entre suníes y chiíes

conflicto Oriente Medio

Un ‘califato’ suní que controla grandes regiones de Irak y Siria. Unos milicianos chiíes cuya violencia contra los suníes se encuentra al nivel del Estado Islámico. Un país chií que financia a grupos armados chiíes y países suníes que financian a milicias suníes. Un país chií que podría estar desarrollando la bomba atómica. Agítalo todo y obtienes un buen conflicto sectario.

Desde 1948, el conflicto entre Israel y Palestina ha ocupado las portadas de los periódicos árabes, así como los discursos interminables de los líderes políticos y religiosos de Oriente Medio. Servía como justificación para tal o cual guerra, para engrandecer al país en cuestión o para recordar que el líder que hablaba era el único apoyo con el que podían contar los palestinos en su lucha.

Con la caída de Saddam Hussein en 2003, un nuevo conflicto se ha abierto camino en Oriente Medio. Un conflicto cuyos protagonistas no son israelíes o americanos, sino los propios musulmanes. Un conflicto que podría sacudir los cimientos mismos del Islam, ya que se libra entre suníes y chiíes.

La violencia sectaria entre musulmanes es la excusa del Estado Islámico para asesinar a civiles chiíes, la justificación que emplea Irán para apoyar al régimen de al-Assad o la razón por la que Arabia Saudí arma a grupos extremistas en Irak y Siria.

¿Estamos ante una guerra entre suníes y chiíes, a imagen de la Guerra de los Treinta Años entre católicos y protestantes, que podría arrastrar a toda la región hacia el abismo? ¿Se trata de una lucha de poder entre potencias regionales? ¿Un episodio más de la guerra fría entre Irán y Arabia Saudí?

La religión es una excusa para luchar por el poder.

De hecho, el conflicto entre suníes y chiíes no se convirtió en una cuestión puramente religiosa hasta la revolución iraní de 1979. Cuando el profeta Mahoma murió sin sucesor, el cisma que se abrió en el seno de la comunidad musulmana tenía tanto que ver con el control del poder en el recién creado Califato como con las diferentes maneras de entender el Islam.

Por ello, los asesinatos de tres de los primeros califas, Abu Bakr, Omar y Ali, se enmarcan también dentro de la lucha por la sucesión de Mahoma y no por cuestiones de religión.

A pesar de enfrentamientos puntuales entre suníes y chiíes, a lo largo de la historia ambas facciones han colaborado para asegurar la continuidad del Islam, como es el caso tras la invasión de los mongoles a finales del siglo XII. En 1931, los chiíes participaron en el congreso panislámico, a pesar de estar organizado por el gran muftí de Jerusalén, suní, con el fin de plantar cara a los grandes retos del mundo musulmán en aquel momento: el colonialismo británico y la amenaza que suponía la inmigración judía para Palestina.

La revolución iraní cambió el mapa de Oriente Medio.

Iran Revolution 1978

Hasta la revolución iraní, los chiíes que vivían principalmente en Bahrain, Líbano e Irak, no habían adquirido una conciencia nacional en la que identificaran al Estado con el chiismo. Por ello, la revolución cambió la percepción que el mundo musulmán tenía del papel de la religión dentro del gobierno. A partir de aquel momento, Irán se convirtió en el defensor del chiismo más militante.

De la misma manera, Irán creó y apoyó organizaciones que fueran su brazo armado en la región. El ejemplo más claro es Hezbollah, que surgió como movimiento de resistencia contra la invasión israelí de Líbano en 1982. De hecho, en Líbano ya existía una milicia chií, totalmente libanesa, que se había fundado años antes para defender a los chiíes en los primeros años de guerra civil. Hezbollah pretendía contrarrestar la influencia de Amal entre los chiíes libaneses y posicionarse como la única fuerza que podía representarles.

Esta estrategia de ‘expansión’ iraní, unida a la persecución contra los chiíes, especialmente en Irak y Bahrain, ayudó a crear un ‘nacionalismo chií’ con una identidad propia muy reforzada y centrado en la defensa de su propia comunidad, pero no necesariamente anti-suní.

La identidad suní se basa en el victimismo frente a la ‘agresión’ chií.

Tras la caída de Saddam Hussein en 2003, los chiíes y los kurdos se sintieron liberados de la política sectaria que había llevado a cabo el dictador. Para ellos, los suníes habían mantenido el poder en solitario durante los últimos 24 años. Por esa razón, los partidos que se encontraban en la oposición tenían una identidad étnica muy marcada, y por eso, los suníes desconfiaban de unos políticos que se declaraban chiíes antes que iraquíes.

Porque para los suníes, en ningún momento percibieron que existiera un conflicto sectario en Irak entre suníes y chiíes. La caída de Saddam no auguraba más que una transición entre dos regímenes diferentes, y no una pérdida de un poder que, hasta esa fecha, desconocían que detentaban. De hecho, la identidad suní, como tal, no se desarrolló hasta la entrada de los chiíes y de los kurdos en la política iraquí.

Curiosamente, Estados Unidos entendió las dinámicas religiosas entre los tres principales grupos del país. Para dotar al Estado iraquí de un poder legitimo, el gobierno debía integrar a kurdos, suníes y chiíes.

Estados Unidos no debió comprender nada más porque disolvieron un cuerpo de policía y unas fuerzas armadas formadas, principalmente, por suníes. Abandonados por un Estado al que acusaban de sectarismo chií , los suníes comenzaron a cobrar una identidad propia, exacerbada por el hecho de ‘convertirse en minoría’ en un país que siempre habían gobernado. De hecho, los suníes sólo representan al 20% de la población (si hablamos de suníes no kurdos), frente al 60% de chiíes.

En Líbano o en el Golfo, es un esquema que se repite por todo Oriente Medio. Frente al vacío de poder y a la perdida del control de las instituciones, los suníes han reaccionado acercándose a posiciones extremistas, mientras se sienten cercados por los chiíes. La percepción de haberse convertido en el grupo minoritario ha creado una identidad suní basada en el victimismo frente a la ‘agresión’ chií.

La caída de Saddam en 2003 también tuvo otra consecuencia funesta.

Eliminó a Irak como estado tapón que impedía la expansión de Irán por Oriente Medio. Con un primer ministro chií que ignoraba al resto de grupos étnicos, parecía que se confirmaban los peores temores de los países suníes.

El sectarismo del gobierno chií provocó una reacción igualmente sectaria por parte de los suníes, también de aquellos países del Golfo que se habían erigido como defensores de la fe suní. Con una violencia creciente en Irak, Qatar y Arabia Saudí decidieron apoyar a los grupos armados que combatían contra el gobierno iraquí, de manera discreta, para contrarrestar la influencia chií en el país.

De hecho, hasta el inicio de la guerra civil en Siria, los países suníes mantenían un cierto grado de hostilidad hacia Irán, aunque siempre habían evitado un conflicto directo que perjudicaría a ambos bandos. Sin embargo, esta guerra presentaba la oportunidad única de interferir en la continuidad territorial del llamado ‘eje chií’ que se extiende desde Irán, pasando por Irak y Siria, hasta Líbano. Si Assad cayera, Hezbollah perdería su ruta de abastecimiento de armas y materiales, y podría desaparecer como milicia hegemónica en el país de los cedros.

Assad_Arabia_Saudi

Guerra fría, sí. Guerra entre suníes y chiíes, no.

A imagen de la guerra civil libanesa en la que cada milicia estaba respaldada por un actor regional o internacional, Siria es ‘sólo’ el escenario de una partida de ajedrez que se lleva a cabo entre suníes y chiíes. En lugar de luchar abiertamente, Irán y Arabia Saudí (junto a Qatar) mueven sus fichas en forma de milicias leales o contrarias al regimen de al-Assad.

Ambos bandos tratan de conquistar el vacío de poder creado en el corazón mismo de Oriente Medio tras la caída de Saddam Hussein en Irak y las revueltas contra al-Assad en Siria. El objetivo no es la aniquilación del ‘enemigo’, sino la consecución de un equilibrio de fuerzas entre ambos bloques que permita volver al status quo que ha existido en la región durante los últimos 30 años.

No obstante, existen dos amenazas principales que podrían poner en riesgo un potencial equilibrio de fuerzas entre suníes y chiíes.

La primera amenaza es el surgimiento del Estado Islámico como actor que ha llenado el vacío de poder entre las filas suníes en Irak y Siria. En sus primeros momentos, el grupo se benefició de la ayuda, directa o indirecta, de Qatar y Arabia Saudí, y sin embargo, hace mucho tiempo que escapó al control de ambos países. El Estado Islámico se ha convertido en un arma de doble filo que se podría dirigir igualmente contra Irán o contra las corruptas monarquías del Golfo. Y aunque el califato recientemente creado tiene fecha de caducidad, causará un gran daño contra la estabilidad regional hasta que desaparezca completamente.

La segunda sería la obtención del arma atómica por parte de Irán, lo que supondría un riesgo existencial para las monarquías suníes. Arabia Saudí es uno de los países árabes que más ha apoyado las sanciones occidentales contra Irán, pero considera que estas son insuficientes para frenar el programa nuclear iraní. La pregunta es, ¿hasta dónde estaría dispuesto a llegar Arabia Saudí en caso de que Irán desarrollase la bomba atómica? Las respuestas van desde una guerra abierta hasta adquirir su propia bomba gracias al gobierno paquistaní.

Análisis sobre los conflictos, la actualidad y el futuro de Oriente Medio. De Egipto a Turquía y de la política en Líbano a la guerra civil siria.

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